Ella le preguntó:

-¿A qué te dedicas?

ÉI sintió una especie de turbación. Nunca, antes, había temblado, ante una mujer ni ante nadie, al decir;

-Soy ciclista.

Lo dijo en voz baja, como si en lugar de una profesión fuera una confesión. No suficientemente baja la voz, como para que ella no lo oyera y esbozara una media sonrisa que le pareció mas irónica que comprensiva.

-¿Ciclista? –repitió ella, como si fuera lo más extraño que había escuchado en este mundo.

. -Si -dijo el, ahora molesto-. Soy uno de esos tipos de pantaloncito corto y malla reluciente que montan un vehículo de dos ruedas y con la fuerza de sus piernas y de su cuerpo lo hacen andar, recorrer miles de kilómetros, subir montanas, bajar pendientes y todo eso. Y tú  -contraatacó -¿a qué te dedicas?

Hacía un poco de calor y estaban conversando en la terraza de un bar al aire libre. Bebían cosas frescas y sanas: zumo de naranja él, de melocotón ella. Lo transeúntes pasaban alrededor, pero estaban acostumbrados (las parejas, los transeúntes) y no prestaban atención. Ahora la que dudó fue ella.

-Literatura Comparada –respondió ella.

-¿Literatura Comparada? –repitió él-. Nunca había oído hablar de eso.

-Comparar a Poe con Baudelaire, a Kafka con Borges y cosas así –explicó ella, aunque tenía la penosa sensación de que eran nombres desconocidos para él.

-¿Sabes quien fue Eddy Merckx? –preguntó el, que quería recuperar terreno.

-No tengo la menor idea -dijo ella, aliviada, porque no deseaba que el se sintiera ridículo, inferior, cosas así-. Los hombres son criaturas muy inseguras hechas para mandar, y una mujer joven y bella que estudia Literatura Comparada en la Facultad de Letras tiene que saber, empero, cuándo debe callar o mostrar su ignorancia.

-Fue un gran campeón -dijo el, ufano–. Alguna vez me han comparado con el –agregó. Era un farol. Pero si ella no sabía quién era Eddy Merckx, él podía hinchar el pecho, como un urogallo. ¿Quien seria ese tipo, Borges? Solo conocía un aceite con ese nombre.

-Seguramente tu fotografía saldrá en los periódicos –concedió ella-, pero no leo las paginas de deportes.

Entonces, ¿qué leería?

-No importa -dijo el-. Tengo muchos recortes de diarios -esta también era una bravuconada, porque era un corredor de escasa categoría y no salía en los periódicos, ni la gente solía recordar su nombre-. Las mujeres casi nunca leen las paginas de deportes –agregó, como disculpándola.

-La sección cultural tiene muy poco espacio –reconoció ella.

-No sé quien es Borges –confesó el, ahora mas sereno-, ni ese otro que nombraste, Pou o Poe. ¿Debería saberlo?

Ella lo miró con cierta ternura. Era así: hasta que un hombre no le inspiraba un poco de ternura, no le gustaba. Y generalmente le inspiraban ternura cuando mas humildes y tontos se mostraban.

-¿Cuántas carreras has ganado sin saber quien es Borges y Poe? -le preguntó ella.

Él meditó una rato. No sabía si mentir o decir la verdad.

-Solo he ganado una carrera importante en mi vida –confesó-, y fue hace dos años. Desde entonces, no he vuelto a ganar. Pero seguramente lo volveré a hacer –afirmó-, especialmente, si tú me ayudas.

Ella lo miró con curiosidad. ¿Porque ahora, justamente ahora, se había vuelto tan importante que ella lo ayudara, si ni siquiera sabía quién era Eddy Merck?

-La ruta es larga –comentó el.

-No sé nada de ciclismo –admitió ella-. Solo he visto, a veces, los paisajes. Hay caminos bordeados de árboles y pueblos pequeños, hechos de piedra, que parecen muy antiguos…

Un esfuerzo más, un esfuerzo más -pedía una voz, en su interior-. No mires los árboles. No contemples el precipicio. Solo pedalear, pedalear, pedalear. De una manera rítmica, concentrada. Si hiciera bien el amor, ¿correría mas? ¿correría mejor? Se lo había preguntado al entrenador, un tipo parco, rudo, pero con mucha experiencia. ¿Qué clase de experiencia? La que se necesita para ganar carreras. No había dicho “hacer el amor”, sino follar, como correspondía a un macho. “Si follara mejor, ¿correría más rápido?” ¿O era todo lo contrario?¿O había que reservar las fuerzas para la subida, escalar la colina, darle al pedal, sin perder concentración, rítmicamente, echando el cuerpo hacia el costado en las curvas, curvas es una palabra femenina, las mujeres tienen curvas, los hombres tienen ángulos, entre las curvas y los ángulos prefería mil veces las curvas, las corvas ¿se corría mejor después de follar o antes de follar? ¿Y por qué correrse tenía ese doble sentido, él corría sobre la bicicleta, desfilaban los árboles tan rápidos que no los veía, tampoco alcanzaba a divisar al público que se agolpaba a los costados, todos esos espectadores que aplaudían con “entusiasmo generoso”, había dicho el locutor, aplaudían el esfuerzo ajeno, y él corría, ¿cómo sería correrse con ella, junto a ella, en ella, dentro de ella fuera de ella? ¿Le ayudaría a ganar la próxima carrera?

-No tengo tiempo para contemplar el paisaje –respondió él-. Pero presiento que es hermoso.

Ahora ella lo miró con mas atención, con mayor dulzura.

-Pre -sientes?-repitió.

El se removió, turbado en la silla de hierro pintada de blanco de la terraza de un bar al aire libre, esa tarde de principios de verano. “Nunca folles con una mujer que te turba” le había aconsejado el entrenador. “Perderás el poder y al otro día llegarás último a la meta. Último o penúltimo. He visto a tipos que coman bien, corrían excelentemente bien, y luego de follar con una mujer que los dominaba, que los turbaba, perdían toda su capacidad de concentración, perdían toda su fuerza, eran como peleles.”

-¿He dicho algo mal? -se defendió, con cierta agresividad.

-No, no -aseguro ella-, todo lo contrario. Me pareció una hermosa palabra: presentir.

-No entiendo de palabras –afirmó él-. Solo entiendo de bicicletas, de pedales, de correr, de cuestas y de descensos. ¿Me ayudarás a ganar?

Ella lo miró con ternura. Era todo lo que podía sentir por un hombre, y tenía que ser un hombre especial, un hombre que aceptara turbarse, que pudiera reconocer su fragilidad.

-¿Es tan importante ganar? –preguntó la muchacha.

-El mes que viene es el cumpleaños de mi madre –reconoció- y quiero hacerle ese regalo. Quiero ganar la carrera para ella. No quería que fuera ciclista. Quería que fuera médico, abogado o cualquiera de esas cosas que le parecen admirables. Pero yo quería pedalear. Sobre la bicicleta, te aseguro, soy otra clase de hombre. Más firme. Más entero. Más ambicioso. Correr es algo solitario –agregó-. ¿Correrse era algo solitario? ¿Aunque dos se corrieran, era solitario?

-Leer también es solitario –afirmó ella-. Páginas enteras que se vuelven en la soledad de la cama, con la luz apenas encendida, y el presentimiento de que en alguna parte hay alguien, algo, no se sabe bien qué, algo que se está perdiendo, algo que huye, algo que podíamos compartir y no compartimos…

-¿Me ayudaras a ganar la carrera? –insistió el.

Era inútil preguntarle qué pretendía que hiciera. Quizás mirarlo, mientras corría, mientras encajaba los pies en los pedales, quizás esperarlo en un recodo del camino (¿junto a las acacias de flores amarillas o los olivos quebrados?), quizás pensar en él. Concentrarse en él. No dejar de pensar en él. No abandonarlo, ni en la distancia, ni cuando sus ojos no lo veían, ni cuando no escuchaba su respiración, su jadeo (“Me gustaría follarte en marcha, mientras pedaleo, tú apoyada en el triángulo, yo en el asiento, tú con los cabellos al aire, yo con mi malla de colores, y así seguir el camino, enroscados, enlazados, penetrados, seguramente ganaría la carrera, pero qué importa”)

-Necesito saber que alguien está pensando en mí -dijo él.

Y las muchachas contratadas por la organización de la Vuelta que entregaban los ramos de flores y un beso al ganador, extenuado, muchachas que jamás habían pensando en él, ni pensarían, las flores se la iba a regalar a su madre.

-No sé si puedo pensar en ti todo el tiempo –dijo ella.

-¿Puedes pensar todo el tiempo en el Pou ese? –preguntó él, algo celoso.

-He pensado mucho en Poe -dijo ella-. He leído sus puntos, sus comas, sus acentos, sus versos, sus borracheras…

-No me gustan los borrachos -dijo el-. No son de fiar.

Efectivamente, pensó ella, no son de fiar, pero a veces escriben como los dioses.

-Murió hace mucho tiempo -le informó ella.

-Yo estoy vivo y me gustaría que me ayudaras a ganar la carrera –repitió.

Pensó que quizás podía parapetarse detrás de un muro y observarlo, mientras leía alguna cosa. Un poema de Robert Frost o de Octavio Paz. Era guapo, tenía un cuerpo duro y elástico, seguramente era un poco torpe haciendo el amor (¿qué hombre no lo era?), confundiría la pasión con la fuerza y jadearía demasiado, por eso ella tendría que enseñarle. Si una mujer no le enseña a hacer el amor a un hombre, este jamás aprende.

-Voy a ayudarte -le dijo-, aunque no puedo prometerte nada.

El respiró con satisfacción. Parecía haber llegado a la meta o algo por el estilo. Se sintió tan generoso que encargó mas refrescos, compró una rosa a una florista que pasaba, sintió algo así como un principio de locuacidad, pero no pudo decírselo, porque desconocía esa palabra.

-Ganaremos –afirmó el, vanidoso, henchido, orgulloso.

El plural le produjo escalofríos y sintió que podía arrepentirse de su decisión.

-Ganaras la carrera y yo estaré mirándote desde lejos –corrigió.

El comprendió el mensaje subyacente.

-Yo ganare la carrera y tú estarás mirándome desde lejos, pero como si estuvieras junto a mi –aceptó-. Eres muy hermosa –agregó.

-No te prometo nada –insistió.

-Solo una vez -dijo el-. Convencionalmente, una vez.

A ella le pareció sorprendente que él supiera usar ese adverbio.

-A cambio -le dijo – creo que tendrías que leer a Baudelaire.

-¿Boque? –preguntó el.

-Baudelaire –repitió-. No te preocupes. La mayoría de las personas de este mundo no lo han leído y no pasa nada por ello, pero es uno de mis poetas favoritos: En cierto sentido -le dijo- tú también eres un poeta: alguien que necesita ayuda para hacer algo completamente prescindible: comer metódicamente subido a un aparato incómodo, ascender colinas, descender laderas, mientras los perros ladran, los árboles están quietos y algunos espectadores aplauden, como si se tratara del circo.

No entendía bien a las mujeres -su entrenador decía que eran criaturas difíciles-, pero le gustaba oírla, quizás podían pasar el resto de sus vidas haciendo eso: él corriendo por delante, los músculos tensos apretando los pedales, ella mirándolo y hablándole. Y con el sonido de su voz y su ritmo atravesarían los vallados, escalarían los montes, un minuto y una décima de ventaja en la primera vuelta, ¿dónde esta mi amor dándome aliento? un minuto y veinte segundos en la siguiente vuelta, además de Baudelaire tendrás que leer a Poe, ese borracho lucido, drogado de emociones fuertes; si te gustan las emociones fuertes inclínate sobre el triangulo, el triangulo de la bici, correremos así, correremos entre los abetos, los pinos, los cipreses, las hayas, las acacias, vadearemos los pequeños ríos de aguas insignificantes, los caminos de piedra, los pueblos abandonados, tan abandonados como tú y yo ahora cuando se ha cumplido la décima vuelta y el ganador resuella, alguien le acerca una botella de agua mineral para que beba, se aproximan las muchachas con las flores pero yo estoy buscándote a ti, a ti, a ti, tus ojos en mi espalda, tu mirada en mi nuca, la fotografía con los besos fríos, convencionales, de las azafatas, te dije que te ayudaría solo una vez, ahora es el turno de Edgar A. Poe.

La bicicleta soñada

Javier Tomeo

Todavía me acuerdo de la bicicleta que me regalo mi tía Liduvina el día que hice la primera comunión -le digo esta mañana a Ramoncito-. ¡Oh, si! ¡Era una bici estupenda! Tenía el manillar niquelado, el cuadro pintado de azul cielo y un par de ruedas perfectamente circulares.

-Por lo que cuentas, era una bicicleta como cualquier otra -me interrumpe Ramón, que siempre esta dispuesto a chafarme la guitarra-. Todas las bicicletas del mundo son iguales, incluso las que algunas tías solteronas, vírgenes y mártires regalan a sus sobrinos preferidos. Todas, al fin y al cabo, tienen un manillar, un cuadro, un par de pedales, una cadena y dos ruedas.

-Lo que pasa es que aquella bicicleta volaba- puntualizó.

-Todas las bicicletas vuelan cuando se pedalea con la suficiente rapidez -observa Ramón-. Piensa, por ejemplo, en Miguel Indurain.

-Mi bicicleta volaba en el sentido literal de la palabra –precisó-. Le dabas tres veces seguidas al timbre y después se elevaba por los aires y te llevaba a donde querías.

-Lo siento, pero eso no me lo puedo creer -opina mi amigo, encendiendo su cigarro puro de todos los días a esta misma hora-. Además, me parece una perogrullada decir que tenia dos ruedas circulares.

-¿Por qué?

-Porqué todas las ruedas, por el mero hecho de serlo, son circulares. De lo contrario, ya no serían ruedas. ¿Quien ha oído hablar alguna vez de ruedas cuadradas?

-Tu sabes muy bien lo que quiero decirte. Ramoncito -respondí, apartando con la mano la nube de humo que me envía a los ojos con la peor intención del mundo-. Eres un fumador impenitente y tienes los pulmones hecho polvo, pero no eres tonto. Puede que sea una perogrullada por mi parte aludir a la redondez de las ruedas, pero tienes que aceptar conmigo que hay unas ruedas mas redondas que otras.

Ramón se encoge de hombros y levanta la mirada al cielo porque una nube negra que acaba de llegar del norte se ha plantado justamente delante del sol.

-En eso, por lo menos, tienes razón -acepta.

Estamos sentados en uno de los bancos de hierro que instalaron hace unos años cerca de la entrada principal del parque, frente a un parterre repleto de geranios rojos y blancos. Alrededor del quiosco de música, media docena de niños morenos juegan a perseguirse y a tirarse piedras sin que sus padres, que están sentados un poco más allá y fingen leer el periódico, se tomen la molestia de amonestarlos. Esos niños intrépidos y feroces se entrenan cada día en este rincón del parque para poder afrontar el día de mañana, con ciertas garantías de éxito, todos los desafíos que muy probablemente les planteara una sociedad cada vez más competitiva e inmisericorde. Inician su preparación descalabrándose, es cierto, pero cuando cumplan los doce anos empezarán a estudiar informática y ciertas técnicas orientales de lucha corporal.

-Hay algunas bicicletas que tienen la llanta de las ruedas abolladas –insistió.

En el gran paseo central una docena de ciclistas adolescentes -todos mayores de dieciocho años -se embisten recíprocamente con sus bicicletas de combate y estallan en grandes risotadas cada vez que uno de ellos consigue derribar a su oponente. Esos ciclistas continuaran luchando hasta que solo quede en pie una sola bicicleta, y el muchacho que conduzca esa bicicleta victoriosa será invitado a participar la semana que viene en nuevas eliminatorias.

-De vez en cuando, viendo a esos chicos, me siento bastante pesimista -suspira mi amigo-. ¿Adónde te parece que vamos a parar?

-Pues no lo sé -respondo-. Yo también lo veo bastante negro. -Algunos piensan que se acerca el fin del mundo -susurra Ramón.

Esta a punto de echarse a llorar. Deja el cigarro sobre un extremo del banco y se suena con un gran pañuelo de color azul oscuro.

-Vamos, vamos, estábamos hablando de mi bicicleta y de sus dos ruedas circulares -Ie recuerdo, para sacarle de sus tristes pensamientos-. También esas bicicletas tienen dos ruedas, pero no se parecen en nada a la que me regalo mi tía Liduvina.

Ramón vuelve a ponerse el puro entre los dientes, se encoge de hombros y levanta la mirada al cielo. De ese modo tan simple consigue que la nube que estaba ocultando el sol se aparte del astro-rey y continúe su paseo hacia el sur. Los ancianos y las ancianas del parque que están tomando el sol vuelven a ponerse las gafas oscuras, pero los ciclistas del paseo central, indiferentes al recuperado esplendor de Febo, continúan luchando encarnizadamente. Del medio centenar de adolescentes que empezaron a combatir a primeras horas de esta mañana solo queda una docena en pie.

-Si quieres que te diga lo que pienso, no creo que tu bicicleta volase -me dice de pronto Ramón, que se ha recuperado completamente-. Más todavía: ni siquiera creo que tuvieses una tía que se llamase Liduvina. No es ese un nombre que se use en nuestro país, ni ahora ni antes, en los tiempos en los que hiciste la primera comunión. La conclusión, por lo tanto, es de lo más preocupante: un nombre imaginario para una tía imaginaria. Según mis informes, ni tu padre ni tu madre tuvieron hermanos o hermanas.

-Es cierto -reconozco, comprendiendo de pronto que mi amigo es muy listo y que no voy a poder engañarla-. Mi padre y mi madre fueron hijos únicos.

Otra vez vuelve a echarme a la cara una espesa nube de humo -lo hace seguramente para castigarme por mentirosa- que me obliga a entomar los ojos.

-¡Por qué habrá en este mundo tantos chicos que se inventan tías maravillosas?

No se que responderle y vuelvo una mirada errática hacia los ciclistas adolescentes. En cierto modo, lo que esta pasando en el paseo central resulta bastante divertido: cada vez que uno de los ciclistas consigue derribar a su oponente, retrocede unos cuantos metros, coge impulso y procura pasar las ruedas de su bicicleta por encima del cuello del caído antes de que tenga tiempo de levantarse.

-Además -prosigue mi amiga-, suponiendo que esa tía hubiese existido realmente, y suponiendo, también, que te hubiese regalado una bicicleta con el cuadro pintado de azul celeste, dime: ¿por qué le buscaste un nombre tan raro? ¿Por qué no te conformaste con llamarla Josefina, Carmen o Asunción, que es como se llaman casi todas las tías?

-Liduvina me parece un nombre muy hermoso -Ie contesta-. Es una deformación del germánico Leudwin, que significa “pueblo victorioso”. Siempre soñé con una tía que llevase un nombre tan sonoro y que, además, me regalase una bicicleta.

Mi amigo prefiere ahora lanzar la columna de humo hacia el otro lado. Eso significa que acepta mi justificación. Los nifios continúan dando vueltas alrededor del quiosco sin dejar de apedrearse. Una de las piedras pasa por encima de nuestras cabezas y cae sobre el parterre de los geranios.

-Si nos dan a nosotros, tal vez podríamos hablar también de daños colaterales -suspira Ramón, sin quitarse el puro de entre los dientes.

-Tampoco tuve nunca una bicicleta azul con el manillar niquelado -le confieso-. Y menos todavía que fuese capaz de volar.

-Lo suponía -dice Ramón-. Seguramente descubriste esas bicicletas voladoras en una película que se estrenó hace ya bastantes afios. Los de aquella película, sin embargo, eran niños gringos. No tenían mucho que ver con los chicos de este País.

No tengo mas remedio que afirmar con un par de movimiento de cabeza. Luego nos quedamos los dos callados -Ramón, en realidad, es hombre de pocas palabras- y los chicos del quiosco establecen también una pausa para recuperar fuerzas. Los ciclistas del paseo central, sin embargo, siguen arrollándose recíprocamente. Para ellos no hay pausas que valgan. Nada los detiene. En estos momentos solo quedan siete supervivientes. Es evidente que se aproxima la hora final.

01 Assuán -ABU SIMBEL 09-01-1987

A las 4.03 salgo del hotel. Hace frío. Todo es silencio. Me monto en la bicicleta y comienzo a pedalear hacia la carretera que transcurre paralela al Nilo. Doscientos ochenta kilómetros me esperan y al recordar la cifra, aprieto los dientes, mientras una descarga de excitación recorre mi cuerpo. Esto ha comenzado!

Poco a poco empiezo a oír unos lamentos lejanos. Se asemejan a almas en pena purgando sus pecados. Es el almuédano convocando a los fieles a la oración.

Cada vez hace mas frío y tengo que ir con una mana en el manillar y la otra dentro del pantalón, turnándoles el placer de no sentirlo. EI paso por la presa es toda una vibración. EI suelo es de adoquines y el final parece que no llega nunca.

Enfilo la carretera del aeropuerto que esta iluminada. Las ultimas casas ya quedaron atrás y fuera de ella todo es arena y oscuridad. Tomo un desvío a la derecha. Ya s610 me quedan 260.

Me sumerjo en la oscuridad del desierto sin dejar de sentir frío. Llego al primer control militar. Saco el pasaporte y el permiso conseguido el día anterior. Aprovecho la hoguera para recuperar algunos grados y cuando termina el soldado con sus anotaciones me voy. Asuán se pierde en la lejanía. Todavía falta media hora para que comience a clarear y mientras tanto me deleito pedaleando bajo la luz de las estrellas. Me siento contento. Mi rodilla izquierda, que tantos problemas me ha dado, parece recuperada.

Llevo 35 kilómetros cuando la bola naranja aparece por el horizonte; me detengo y al tiempo que como pan y queso, veo amanecer.

EI silencio me encanta. EI desplazamiento es fácil. La carretera es muy buena y no sopla nada de viento. Un cartel anuncia la prohibición de hacer fotos en la zona. A lo lejos se divisa una base militar. Dejo atrás el cartel y comienzo a subir una pequeña cuesta cuando, de pie sobre la bicicleta y mientras disfruto de un pequeño descenso… Sin dudarlo comienzo a imprimir velocidad a la cadena. Están a medio kilómetro a mi izquierda en pleno desierto, pero en lugar de venir hacia mí, van hacia la carretera intentando cortarme el paso. Aprieto los dientes, echo el cuerpo sobre la bicicleta y pedaleo como si en ello me fuese la vida.

Cuando llego a su altura aun les faltan unos metros para alcanzar el asfalto. Se colocan detrás. Los llevo a unos diez metros. Son dos perros negros lanzando unos ladridos que consiguen estremecer hasta el ultimo rincón de mi ser. Inicio una subida y empiezan a ganarme terreno. No puedo con el piñón que llevo y manipulo la palanca para cambiarlo. Me paso de pin6n y pierdo velocidad. Se acercan y por, fin nerviosamente, acierto con el adecuado y levantándome del sillín, pedaleo con rabia. EI corazón esta a punta de estallar. EI aire comienza a faltarme.

Se acaba la subida y llevo uno a dos metros. Mis pensamientos pasan como rayos por mi mente; por un momento pienso que aunque me alcancen, como parecen van a conseguir, no me morderán, pero en pleno desierto, solo y con mas de 200 kilómetros por delante, no me puedo arriesgar a comprobar su buen corazón de amigos del hombre. Siento miedo… rabia… odio…

Rápidamente abro la botella, la saco del soporte, apunto al que tengo mas cerca y Ie lanzo un chorro de agua. Se frena un poco al sentirla, pero en cuanto se apercibe de que sólo es agua, comienza a recuperar los metros perdidos.

Descendiendo la cuesta dejo el botellín en su sitio y cambio de piñón. Comienzo a distanciarlos, pero no por ello paran en su intento de alcanzarme. Finaliza la bajada y ellos, a unos 10 metros, detrás.

Inesperadamente uno se para, el otro no; y una nueva subida. Los colmillos le brillan entre su morro tan negro. Al descender le saco unos metros y sin esperármelo, se detiene. Respiro hondo. Siento sabor a sangre en la boca. La tercera parada para comer es en el kilómetro 140. Hace mucho calor. Solo me queda medio vaso de agua.

Después de 900 kilómetros sobre asfaltos de los mas diversos, en ocasiones por caminos de piedras y tierra, sintiendo pasar los camiones a dos palmos, harto de cláxones, de tragar polvo y de que la gente me grite What is your name? Cómo te llamas?; pedalear por el desierto, en solitario, por una buena carretera, en medio de un silencio tan s610 rota por el chirriar de la cadena, una vez más se me olvidó ponerle aceite, resulta bastante agradable.

Sin duda que las pirámides, Luxor, Karnak, Tebas, Asuan, algunos hoteles situados a orillas del Nilo como el Movenpick y una larga lista de lugares, tienen sobrado encanto, pero la amabilidad de la gente los supera; aunque también me he tropezado con otras personas a las que les he parecido una diana móvil. Únicamente uno me acertó a dar. ¡La piedra era gorda!

Las marcas de los tanques sobre la arena, los bidones oxidados y sucios de alquitrán y el esqueleto de algún que otro camello rompen la monotonía del desierto.

A lo largo de toda la carretera hay postes de hierro con un triángulo soldado en la parte superior donde aparece pintada en numeración árabe, la distancia que me separa de Wadi Haifa (Sudan); solo tengo que restar 45 para saber la que me falta hasta Abu Simbel.

Antes de llegar al kilómetro 200 comienza a soplar el viento de cara; las subidas, aunque poco pronunciadas, son bastante largas y empiezan a molestarme, cansarme, hartarme. EI trasero me duele y después de 60 kilómetros sin beber agua, acabo con la poca que me queda. EI sol cae a plomo. Solo el deseo de llegar y el detalle de alguien que desde un autobús saca una mana con el dedo pulgar hacia arriba, me anima a pedalear, pedalear, pedalear… Llego a un tramo en el que la carretera esta cortada, debido a que están construyendo un puente, otra mas estrecha a su izquierda es la alternativa. En ella comienza el descenso de la cuesta que acabo de ascender a la vez que rodea un pequeño montículo, y al salir de la curva… ¡es fantástico! acelero el pedaleo, más aún cuando veo que la persona corre hacia el coche. ¡Se irá antes de que llegue! Pero saca algo del vehículo y se coloca al borde del asfalto. Cuando estoy acercándome apunta y… me hace una fotografía. Freno a su lado y le pido agua. Me da una botella de un litro que no dura ni medio minuto. Es un alemán con tres niños y dos mujeres; van en taxi. Uno de los

niños se pone a llorar porque quiere agua y no queda. Saco dos chocolatinas y se las cambio por sus lagrimas.

En el segundo control militar y después del papeleo, bebo, bebo y bebo. Esta buenísima. Lleno los dos botellines de medio litro y me voy. Me quedan unos 50 kilómetros. EI viento ha cesado.

EI astro rey comienza a descender por mi derecha. Refresca. Realmente son los mejores momentos para ir en bicicleta por el desierto. Ya queda poco. EI sol se oculta. (,Se habrá dado cuenta de que he pasado todo el día con el? Me quedan 30 kilómetros. Una mezcla de alegría y tristeza me invade. Si por una parte ya tengo los 1.200 kilometras casi hechos, por otra esto se esta terminando. Los finales son siempre difíciles de entender. No se 10 que siento.

Paso el ultimo control militar y llego al único hotel de Abu Simbel después de mas de 15 horas desde que partiese de Asuan.

Son las 5.50 cuando empiezo a pedalear. Giro a la derecha y cambia el asfalto iluminado par la oscuridad de la arena; gano velocidad, estoy descendiendo una cuesta, es difícil mantener el equilibrio cuando, de pronto, empiezo a distinguirlo, esta ahí, es maravilloso…

Me encuentro ante el templo construido par Ramses II que dedico a Harmakhis, “EI Guardián de las Puertas del Más Allá”, a Amon-Ra “Dios del Sol” y Ptah “Dios de la Creación”.

Aún falta mas de una hora para que los rayos del sol lo iluminen. Espero y contemplo el gran lago que se extiende a sus pies. Hace frío. Sigo esperando.

La visión del fabuloso templo esculpido en la montaña y acariciado par la tenue claridad que lo envuelve todo, me anima a perderme entre las ondas de mi excitada imaginación.

Las estatuas de más de 20 metros de altura con sus rostros envueltos en un inquebrantable ensimismamiento, continúan con su piadosa sonrisa sin inmutarse ante mi presencia.

Por fin aparecen los primeros rayos de sol iluminando a los cuatro colosos milenarios. La oscuridad se desvanece, el frío tiembla ante su inmediata muerte.

Secuestrado en un clima de sensuales vapores me deja llegar hasta el rincón mas misterioso de mi realidad y una vez en el, la idea de realizar un viaje mucho mas difícil comienza a engendrarse en mi fantasía.

Después de unos minutos, al igual que frío y oscuridad terminan par sucumbir ante el insistente sol, mis ilusiones esculpidas en momentos de éxtasis, se quiebran… una vez mas la realidad se muestra como enemigo cruel y mi ilusión par emprender la gran aventura de dar la vuelta al mundo en bicicleta, se derrumba.

Me siento extrañamente triste y en un arranque de rabia, jura ante los inmortales testigos de la historia de Nuvia que el próximo viaje que emprenda en bicicleta será para llegar mas allá de los límites entre los que me creo prisionero…

Aquella tarde se desencadenó una lucha en la que a mi repentina idea de iniciar el Paris-Dakar ese mismo año, le resultó bastante fácil alzarse como vencedora, y haciendo honor a mi cultura valenciana, puse una vez mas en practica ese viejo hacer de mi tierra: pensat i tet (pensado y hecho).

A partir de aquel mismo instante empecé a trabajar en la preparación del viaje, ya que teniendo en cuenta que hasta el 22 de diciembre sólo me quedaban 44 días, no podía permitirme el lujo de perder ni tan siquiera uno.

Visados, vacunaciones, material, preparación de la bicicleta…

Gracias al entrenamiento que había estado haciendo para el triatlón, físicamente me encontraba bastante bien; durante los últimos cuatro meses llevaba realizados 2.685 kilómetros en bicicleta, 392 a pie y más de 16 a nado.

La cuestión económica era y no era problema, ya que mi idea de comprarme un coche nuevo con las 400.000 pesetas que había estado ahorrando, me tentaba casi tanto, como el deseo de aventura que de repente me había conquistado. Decidirme no resultó ni fácil ni agradable.

Desde mediados de noviembre de 1983 estaba trabajando en el Centro de Educación Especial de Alcira, desempeñando las tareas de profesor de taller en la rama de madera y después de cuatro años realmente necesitaba unas largas vacaciones.

Así pues solicite una Licencia sin sueldo para los meses de enero, febrero y marzo, y al unir a estos las vacaciones de Navidad, que empezaban el 22 y las de Semana Santa que cafan entre el 31 de marzo y el 11 de abril, venían a sumar 112 días que iba a tener a mi disposición para realizar mi sueno.

A la poca gente que le comente la idea de realizar el viaje, me lo había desaconsejado por mi seguridad, pero después de leer nuevamente la novela de Alberto Vázquez-Figueroa, Tuareg, la magia de sus letras pudo mas que las advertencias de mis amigos. Además, unas semanas antes había encontrado en una librería la ultima obra de este escritor titulada Viracocha, y aunque en un primer momento la guardase para el viaje, al final no pude reprimir la tentación y termine leyéndola, consiguiendo con ello animarme aun mas por la decisión tomada…

Me sentía muy bien, conducir me relajaba y el ir recordando aquella sucesión de acontecimientos, todavía colaboró más a que me sintiese tragado por una tenue áurea de poder interior, que me provocaba una confianza en mf mismo, presumiblemente irreal. También, lanzarme al viaje sin llevar patrocinador al que dar explicaciones de cualquiera de las decisiones que pudiese ir tomando, me hacía sentir casi, casi, completamente libre. Pero después de los esfuerzos que había estado realizando por romper todas las cadenas, que pudiesen actuar como lastre a lo largo del viaje, todavía dos continuaban enteras. En aquel viejo coche ya con el Certificado de Defunción firmado, me dirigía decidido a romper una de ellas, con la otra, representada por mi madre, me enfrentaría al dfa siguiente.

Cuando llegue al lugar de la cita, subo en el coche de mi amiga y nos marchamos a cenar a Cullera. Brindamos con cava, brindamos en silencio.

Nos fuimos a pasear por la playa y mientras caminábamos sobre la arena esquivando alguna que otra ola, hablamos. Hablamos mucho, e inesperadamente Ie sugerí que quizás fuese mejor que me olvidase e intentase encontrar a alguien que pudiese pasar mas tiempo a su lado.

Me costó mucho decírselo, pues en el fondo sentía algo fuerte por ella, pero no quería pedirle que pasase los siguientes meses ligada a mi recuerdo; además, mientras estuviese realizando el viaje, quería evadirme de cualquier tipo de compromiso y el mero hecho de pensar que durante más de tres meses iba a poder sentirme completamente libre, me excitaba, aunque eso no era nada comparado con lo que sucedía cuando ella me ponía las manos sobre los hombros y me besaba. Una ola traidora nos mojó los zapatos. Poco a poco desde que la conociese, había estado escalando, hasta haber llegado a un punta tan alto que para mf constituía un peligro, aunque lo peor era que me encantaba su forma de actuar.

Últimamente hasta me dejaba llevar. Creo que pocas veces se puede uno sentir feliz de ser vencido; con ella, mis derrotas eran mejores que mis victorias. Hacía algo de frío, un poco de viento y la humedad del ambiente empezaba a calarnos. Regresamos al coche y fuimos a un lugar tranquilo… lo que todavía me hizo mas difícil decirle: “adiós, chufleta”.